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Historia

En 1908 Luis Calvo Sanz, con 11 años, hereda junto a su madre el negocio familiar, un almacén de coloniales, que regentaba su padre José Calvo Pérez en Carballo. La mente despierta de Luis Calvo Sanz, aún adolescente, había apreciado la mayor utilidad en aquel ambiente de un almacén para las alubias. Eran entonces la principal moneda de cambio en las cuentas del aceite y el bacalao, del vino y las especias que los paisanos pudieran consumir y que Luis Calvo les suministraba. Abrió, pues, un almacén y colgó sobre su puerta de doble hoja otro cartel, “Hijo de J. Calvo”, decía, y ésta fue también su primera razón social, en el centro de Carballo.

La economía de guerra estaba naturalmente marcada por el régimen de racionamiento. El almacén Hijo de J. Calvo en Carballo recibía las cosechas de alubias y la mercancía que éstas pagaban, mas ya no distribuiría él ninguno de esos artículos. Las cuentas y cuentos de posguerra en pos de la reconstrucción le dejaban a él sin negocio, y resolvió buscar en Madrid la dirección del viento. La carne estaba por las nubes. Bullía el mercado negro. En Bergantiños circulaba la carne a buen precio, de pura rubia gallega. Asoció ideas y montó una fábrica de carne en latas. La tenía medio construida cuando un decreto prohibió la conserva de carnes: sólo podrían expenderla las carnicerías.

Bueno, se dijo. Pues alubias. Contrató a dos mujeres de Infiesto, en Asturias, para hacer las morcillas y después acompañó las legumbres cocidas, y las metió en las latas. Conserva de fabada o fabada en conserva. A Luis Calvo Sanz empezaban a seducirle las posibilidades de la conserva, el traspié de la carne había sido una anécdota.

Aquellos años 1940 y 1941 Luis Calvo Sanz se vio dueño de una minifábrica y atado para darle marcha. Consultó con Maruja, su mujer, y decidieron viajar a Vigo para confiarle sus cuitas a un fabricante de marca, José Figueroa, en cuya fábrica de conservas, Figueroa y Compañía, se surtían frecuentemente. Entre ambos había nacido una amistad familiar y abierta. Sacó después a tres empleadas de su fábrica de Bouzas y las mandó a Carballo junto con un encargado que había tenido, ya retirado entonces en su Arousa natal. Ellos iniciaron a la familia Calvo en el escabechado.

Luis Calvo cuando llegó el primer camión de peces, Jurel grande, empezó a tomar notas. Nunca depuso esa predisposición humilde y callada, observadora, para el aprendizaje autodidacta. Estudiaba, investigaba, escuchaba con insaciable curiosidad. Compraba el pescado en sus rondas nocturnas por los puertos de la Costa da Morte y se le iban semanas sin dormir, apenas unas cabezaditas en horas de siesta.

Luis Calvo a ver a don Eugenio Fadrique. “Ese hombre es un genio”, le comentaba a José Luis. Era el fundador y primer director de La Artística, que abastecía de envases a todas las conserveras gallegas. Luis Calvo disfrutaba las tardes de conversación que emprendía con el señor Fadrique y, al cabo, de él aprendió el oficio de hacer envases de hojalata. Los seis hermanos disfrutaban de niños la fábrica a medida que crecían, ayudaban. Las calderas grandes como monstruos había que ponerles fuego, no debían apagarse, y eso fue lo primero que aprendieron.

José Luis, el primogénito, se integró plenamente a la fábrica en 1952. Aquel trajín le gustaba más que estudiar. Se sentía llamado a ser hombre de fábrica. Entonces empezó a disfrutar el tándem perfecto que formaba con su hermana Dolores, que, si cabe, le ganaba en ilusión. Ella se encargaba de las salsas, de la cocina experimental, del trato social con sus trabajadores. Después de 60 años, en ello siguen los dos hermanos.

A Luis Calvo Sanz la plena incorporación de sus hijos mayores a la fábrica le dio más tiempo para proyectos y exploraciones. Quiso comprarse al efecto un coche y ya había elegido marca y modelo, un Tiburón de Citroën, pero al fin prevalecieron los razonados argumentos, menos proclive a derrochar en semejantes lujos: -Mejor una caldera automática. El bonito precisaba mucha mano de obra, la caldera les abrió la posibilidad de trabajar bonito con una plantilla nutrida, de 45 a 60 personas.

Luis Calvo en 1958 asistió en Vigo a la demostración de una máquina que una firma francesa quería introducir en el sector. Empacaba el pescado en las latas a través de moldes. O eso intentaba, porque no llegó a funcionar. Él, no obstante, se enganchó a la idea y determinó desarrollarla por su cuenta. A los dos días encargó un cilindro de acero provisto de bisagra para poder abrirlo en dos mitades. Una vez lleno de filetes de atún, un émbolo se introducía en la lata por la acción de una cremallera dentada, de la que cada diente enlataba una porción. Para cortar las porciones de una forma exacta. Aquel año, por este procedimiento, Calvo pudo exportar a Estados Unidos 1.000 cajas de 12 unidades de 2 kilos.

Luis Calvo Sanz pasaba las horas muertas en el taller de envases observando los movimientos de una máquina y de ahí surgiría su inspiración y su invento: una empacadora de atún que fue la primera en su tipo en la industria. Tenía capacidad para producir 36 latas por minuto en el año 1956: una revolución. Comercial y de know how; si hubieran sido éstos los tiempos. José Luis Calvo Pumpido salió a vender la empacadora por varios países europeos, a enseñar su funcionamiento y los modos de tratar el pescado que fueran a enlatar con ella. Así aprendió a su vez secretos y secretillos industriales, técnicas y modos de organización.

Nunca descuidaron esa faceta indagadora. El primogénito ha conocido en detalle más de 250 fábricas de todo el mundo que, por acumulación y decantación, han contribuido al desarrollo tecnológico sui géneris de la marca Calvo. A la fábrica llegaron las primeras noticias del atún, el listado, claro, y en Calvo prestaron oído. Internacionalmente se conocía como yellowfin. En España se diferenciaban el atún a secas y el atún blanco, que ya se comercializaban, y el atún claro, al que nadie le había entrado por complejos con el bonito del Norte, el pariente más fino de los túnidos.

El yellowfin, no obstante, había irrumpido con fuerza en los proyectos Calvo. Le buscaron una lata redonda y lo lanzaron al mercado con ese diseño exclusivo. Hasta entonces sólo se vendía el atún en latas ovaladas y muy pocos habían catado el claro, nadie en conserva. Ahora el 95% de las latas de atún son redondas y el 75% del que se consume en España es yellowfin. Aún daría carne este atún para hallazgos comerciales de no menor fuste.

En 1978 José Luis recaló en Parma. -”Yo he viajado todo por ferias, fábricas y mercados”- y allí vio una máquina que embalaba paquetes de tres botellas de cerveza. -¿Y si en lugar de botellas metemos latas? -Pues, probemos. Y probaron. Volvió con el descubrimiento y en Carballo empezaron a fabricar el pack de tres. La respuesta del mercado convirtió la marca en la primera industria atunera de Europa. Los consumidores conectaron instantáneamente con el pack de tres latas: el mayor surtido mejoraba precio, no estorbaba en la despensa. Los mercados italiano y japonés incorporaron de inmediato el sobreenvase de cartón; luego, todo el mundo.

La década de los sesenta la habían inaugurado con una producción de 6.500 cajas anuales (menos de la tercera parte de su actual producción diaria) Calvo prosperaba, pero lentamente: la caldera pedía más chispa, no tanta leña…. impulsó la producción a 40.000 cajas cuando mediaba la década. Fue sin embargo la chispa de la lata redonda y el yellowfin lo que tiró de sus líneas de producción. Ninguno de sus competidores, ni siquiera entre los grandes fabricantes, prestó en principio mayor interés a tales hallazgos. No se daban por enterados. Calvo multiplicaba las ventas.

A principios de los setenta en Carballo se fabricaban 111.000 cajas. Luis Calvo, sonreía feliz. Calladamente había ido transfiriendo funciones a sus hijos y, convencido del empuje que tenían, se había retirado voluntariamente a una segunda línea desde la que seguía, no obstante, dispensando una doctrina genuina: sus hijos se la reclamaban. La fábrica que Calvo inauguró en el año 1976 sobre una superficie rural de 20 hectáreas cuenta hasta con dos campos de fútbol les permitió elevar la producción a 304.000 cajas el primer año, 454.000 el siguiente (1977). Con discreción y sencillez, como siempre.

Era el año 1978, el pack de tres estaba pegando fuerte, Manolo, el tercero de los hijos, pensó: ¿por qué no arriesgarse de nuevo? Dos señores calvos, Juanjo Menéndez y Jesús Puente, comenzaron a interpretar un diálogo absurdo -claro, calvo, atún- que dio en el clavo. Al mes de iniciarse la campaña, un 90% de consultados conocían la marca Calvo. Al año siguiente la fábrica era forzada a producir 671.000 cajas.

En 1980 eran 873.000 las cajas fabricadas. En 1985 la producción pasó del simbólico millón de cajas. Luis Calvo no pudo verlo. Había muerto en 1980, a los 83 años. Manolo se encargó de proveer barcos, de pescar directamente el atún que procesaban. El Montecelo fue el primero, en 1979, y su capacidad, 200 toneladas de pescado, les pareció entonces exagerada. Poco después se hacían con otro barco, el Montefrisa. En el 86 se inauguró la fábrica de Esteiro-Muros, España. En el año 1988 montó en Venezuela con un socio local esa fábrica, Atorsa, en Guanta, a 80 kilómetros de Cumaná, primer enclave continental donde recaló Cristóbal Colón.

Años 80

El crecimiento de la compañía en los años 80 viene determinado por la expansión internacional del grupo y la apertura de nuevas fábricas, una en Guanta (Venezuela) en 1981, y otra en la localidad coruñesa de Esteiro (España) en 1986.

Años 90

Con el comienzo de la década de los 90, el Grupo Calvo decide realizar la compra en Italia de la marca Nostromo (1993), hoy la segunda del mercado italiano. Esta apuesta inicia una estrategia de empresa centrada en tener varias marcas fuertes y de reconocido prestigio en sus mercados de referencia. Siguiendo su tradición de innovar introduce en la división de comercialización orientada a la hostelería (hoteles, restaurantes, catering, hospitales,…)

El nuevo milenio

Con el nuevo milenio, Calvo busca mantener su crecimiento nacional y sobre todo internacional, por lo que, en 2003 inaugura la planta atunera de Calvo en El Salvador para el procesamiento de más de 65.000 toneladas de pescado anuales y abastecer a los mercados de América Central, México y Estados Unidos. Un año después, en 2004, la compañía compra en Brasil Gomes da Costa, empresa líder en el segmento de pescado enlatados para reforzar su posición en América Latina. Esta decisión convierte a Calvo en una de las cinco mayores empresas conserveras del mundo con tres primeras marcas de tradición, con una amplia notoriedad en el mercado. En octubre de 2006, Manuel Calvo García- Benavides, que representa la tercera generación de la familia, es nombrado Consejero Delegado de Grupo Calvo. Con él se establecen las líneas estratégicas que han llevado a la compañía a su actual posicionamiento de marca: un grupo global de referencia en el sector de la alimentación con categorías de productos y especialidades que crecen día a día.